LA DISTANCIA NO ES EL OLVIDO
Querido Diego:
Tardo en cumplir mi compromiso de escribirte periódicamente, para contarte
los avatares de mis nuevas aventuras. Aunque digan que más vale tarde que nunca
y que todas las mañanas me ordenara a mí mismo que «de hoy no pasa», he
ido retrasándome sin excusa ni pretexto. Hasta hoy, que me pongo,
definitivamente, delante del teclado y, lo que es más grande, con ganas de
escribirte.
¿Y por dónde empiezo? Eterna pregunta que plantean los folios en blanco,
mientras miran con ojos inquisidores y reprobatorios al interfecto que pretende
emborronar, aun virtualmente, sus inmaculadas superficies. Pues empecemos desde
el principio, como Dios manda. O desde el final, según se mire.
Fui el último en subir la escalerilla del avión. Al llegar a la puerta, me
giré para dedicar una última mirada a la geométrica silueta de Manhattan y
respirar por última vez el aire de Brooklyn, de «tu» Brooklyn. Avancé sin
emoción por el pasillo del Airbus 340 de Iberia («buenas tardes, caballero»),
me acomodé en mi asiento, ventanilla en el lado de babor, elegido a propósito,
y respiré profundamente.
Tras una carrera que me pareció más corta que otras veces, el suelo empezó
a alejarse ante mis ojos. Dirigí la mirada más allá de la pista del Kennedy,
hacia Jamaica Bay y el estrecho de Verrazano, esperando el profundo viraje a
estribor que sabía me iba a mostrar un primer plano del esbelto World Trade
Center, todavía en obras, la elegante silueta del Empire State y la belleza
atrevida y decadente del Chrysler building. Allí estaban los tres, poderosos,
arrogantes y mudos testigos del bullicio neoyorquino. Ante ellos, las luces de
los puentes sobre el East River (Brooklyn, Manhattan, Williamsburg y Queens)
semejaban guirnaldas luminosas, confundidas con aquéllas otras que dan vida a
una gran ciudad.
Enfilando la costa sur de Long Island en dirección nordeste, y ganando
altura, sonreí discretamente al divisar Bethpage State Park, un lujo para
cualquier amante de la naturaleza, en todas sus versiones. Coopers Beach y los
sobrevalorados «hamptons» anunciaban el inicio del South Fork y el fin de la isla.
Con el sol a punto de ponerse, el faro de Montauk Point ya lanzaba sus primeros
fogonazos, que recogí a modo de despedida sencilla y emotiva, como una media
verónica cierra un lance de capa.
Caída ya la noche oscura sobre el Atlántico, cerré los ojos y repasé todas
las sensaciones que viví durante los últimos años en la ciudad que nunca
duerme, como cantaba Sinatra. Contradictoria e intensa, hostil y solidaria,
vanidosa y espléndida, Nueva York acoge al recién llegado con una indiferencia
que, ciertamente, se puede permitir. Es tal su soberbia que desprecia a los
timoratos e indecisos que no se atreven a hacerle frente. Por el contrario,
aquellos que caminan junto a ella con su propio paso y su propia luz, como
decía Kipling, son inmediatamente aceptados en el selecto grupo de «true newyorkers» que
acceden a conocer sus secretos, sus grandezas y, sí, sus miserias.
Me pregunté a qué grupo pertenecía yo y no di con una respuesta concluyente.
Encontrar el equilibrio entre orgullo y humildad que ablandara los muros
manhattanitas me llevó más tiempo del que me había concedido. Ni siquiera hoy,
cuando me separan de la isla algo más de cien millas, estoy seguro de si he
llegado a ser un auténtico neoyorquino. Sé, no obstante, que he llegado a
conocer la ciudad lo suficiente como para amarla y detestarla, en la misma
proporción. Y en ese afán por saber más de Nueva York y asaltar sus secretos
más ocultos y prohibidos, tu apoyo ha sido imprescindible y valiosísimo, igual
que el del resto de la pandilla, a quienes, agradecido, no olvido ni por un
momento.
Quise también ser el último en desembarcar. Caminé despacio por el mármol
brillante y pulcro de la terminal hasta llegar a la salida. Al abrirse, las hojas de la
puerta automática descubrieron un enjambre de familiares y amigos de
viajeros, que se apiñaban contra una frágil barra de metal. Giré a la derecha y
allí estaba ella, brillante y luminosa, como siempre la recuerdo. Me abrazó con
firmeza y ternura a la vez y me besó despacio. Y entonces supe, esta vez sí,
que estaba en casa.
Cuídate mucho y cuida también de los tuyos, que ya hay que empezar a
sentir, pensar y hablar en plural. Un abrazo y hasta pronto,
N.